
obra mentalmente sobre el mundo
fotogénico y desnudo en el centro de la cama
después de las masturbaciones los poemas constituyen
toda la urgencia de su estar
aunque en sueños él también ha sido un hombre
laborioso que amó hasta perder las manos
De tanto en tanto viene a casa un hombre que me obliga a ponerme de rodillas y hacer lo que ya saben. Cuando hemos terminado, se sube a su
enorme-auto-gris, haciendo tintinear las llaves en su mano izquierda (el tintineo de las llaves como dientes de gitano en un cofre de oro puro).
Me hace un guiño desde el automóvil y es fagocitado de inmediato por una espesa nube de humo negro: oigo el bramido pestilente del motor como si acabara de irse, como si acabara
de doblar la esquina en la que está el duraznero. Enjuago mi boca varias veces, escupo con asco, maldigo entre dientes.
Luego creo a voluntad una visión del humo erizándose en el aire: manchas de rouge, besos desdeñados que la mano del viento borronea.
Finalmente llega el día. De tanto en tanto es esta tarde; a veces ocurre que es hoy y escucho su voz afiebrada pidiéndome que lo haga. “De rodillas”.
Tengo la sensación de haber estado escribiendo toda la vida.
Mi mejor amiga me pide que las mate
porque las arañas le dan miedo
en época de desove;
así que actúo de inmediato
primero sobre las madres con trapos
empapados en lavandina
luego sobre la cría.
Las telas grises caen como arañas más grandes.
Las ootecas de ámbar se desintegran.
Yo me caldeo como siempre entre el deber y el amor.
Entre dejar vivir
y matar piadosamente.
Sólo soy preciso cuando me traiciono.
